Habían pasado ya unas tres horas del parto y todavía nadie se percató del detalle en las manos del recién nacido. Ni mamá Elsa ni los médicos podían creer lo que estaban viendo. El joven Simón llegó a este mundo sin cuatro de sus veinte dedos, más precisamente sus pulgares, uno por cada extremidad. Se conocían algunos ejemplos aislados en el planeta, no obstante el caso de Simón conmovió a toda la comunidad médica argentina.
El nuevo integrante de la familia Probeta conoció las luces de la fama con tan solo algunas horas de vida, aunque de una manera bastante efímera. Muchos medios se hicieron eco de la malformación congénita del pequeño, pero desde una óptica más banal que científica. Una nota de color a la misma altura del bebé que baila en la web o el nacimiento de un ciervo en el zoo.
Simón Probeta tuvo un crecimiento normal y una infancia completamente tranquila, como cualquier chico. A pesar de no necesitar tratamiento especial y no correr riesgos de ningún tipo, Elsa (mamá del niño) se encargó de malcriar y sobreproteger a Simón, casi de manera enfermiza. Por causas indescifrables hasta para los especialistas más calificados, Elsa eligió para la educación de su hijo los caminos de la coerción y la inhibición. Dicha tendencia marcó a fuego al jovencito que –con los años- se convirtió en un cúmulo de timidez y apocamiento.
El problema físico de Simón pasaba inadvertido, pero comenzó a ser un inconveniente cuando el niño se enmarañó en las conductas represivas de su madre. De allí en adelante, los obstáculos se irían acumulando. De esta manera, algo tan inocente como un juego infantil pudo hacer mella en la psiquis de un muchachito. Como cuando el pequeño jugaba a la guerra con sus amigos: ante la imposibilidad de hacer el gesto de la pistola, Simón debía siempre conformarse con los cuchillos y espadas imaginarias, es decir en clara inferioridad de condiciones. Algo parecido ocurrió en sus años de adolescente, cuando su grupo de amigos empezó a jugar maratónicas partidas de Pro Evolution Soccer. Lejos de discriminarlo, los muchachos invitaban a participar a Simón, sólo que no regulaban su rendimiento y le propinaban goleadas escandalosas. A Simón no le quedó otra que dejar de verlos y emprender la búsqueda de nuevos amigos que no fuesen aficionados de los videojuegos, lo que fue casi una odisea si se trataba de adolescentes… El muchacho falto de pulgares fue construyendo una coraza de azoramiento y de falta de iniciativa cada vez más notoria, fogoneado además por las actitudes poco adultas de su madre. Elsa –sin quererlo- fue condicionando y sembrando las dudas en los pasos de Simón, hasta convertirlo en un manojo de temores. El mutismo y su inconveniente físico le impidieron al borrego tomar sus propias decisiones y llevar adelante su carrera. Carecer de dedos gordos le impidió dar veredictos: pulgar arriba/pulgar abajo, algo que jamás intentó ensayar con los otros cuatro. Dicho impedimento lo convirtió implícitamente en un conformista, al que todo le viene bien y nada lo desvía de su eje.
“Un día fui a comer a la casa de mi tía Francisca y me preguntó ¿Te gustó la tarta de brócoli, Simoncito? Yo solo miré al piso, no le pude hacer pulgar abajo. No sabés, era horrible, lo peor que comí en mi vida”
El particular padecimiento de Simón Probeta se acrecienta a dimensiones siderales en estos tiempos de redes sociales. Él se muere por tildar “me gusta” en su perfil de Facebook, de hecho lo hace a cada instante, ante cualquier foto, estado o enlace posteado. Como una exhibición desesperada de algo que nunca tuvo, un canto a la ausencia.
Por recomendación de un amigo, Simón buscó sacarle algún rédito a su problema físico, como una pequeña reivindicación –aunque sea- en términos económicos. La experiencia no fue del todo satisfactoria:”En el circo me dijeron que no les interesaba mucho, que mi problema no era del todo visible para los espectadores y que ya tenían suficiente con los enanos y la mujer barbuda”. También probó suerte en televisión, pero sin demasiado suceso “El año pasado vinieron de Calles Salvajes para hacerme una nota, pero cuando vieron que no vivía en una villa ni tomaba droga, levantaron todo y se fueron. Hasta trajeron un travesti para hacerlo pasar por mi hermano, pero no acepté, por supuesto”.El camino transitado por Simón Probeta estuvo minado de obstáculos, marcados por las burlas y la discriminación. Por suerte, el muchacho de a poco aprende a soltarse, romper el hielo y ser auténtico, tal como es. Su entorno, sobre todo su madre, empezó a ser más tolerante y flexible. Afortunadamente Simón toma las cosas con calma y buen humor “Peor hubiese sido no tener los índices, ¿no te parece?”
Simón es un buen muchacho, pero nunca hubiese podido escribir esta canción…




